RABAT. Usher Fellig (1999-1968) empezó su carrera con 14 años de fotógrafo callejero en la Gran Manzana. Retrataba a niños sobre un pony para ayudar a mantener a su familia, que pocos años antes había emigrado de Austria a Nueva York.

Trabajó de casi todo aunque su pasión era la cámara. Llegó a ser laborante, entre otros, en The New York Times, pero la calle le tiraba. Ya bajo el nombre de Weegee adquirió tremenda fama sobre todo entre mediados de los años treinta y los cuarenta, cuando, con el laboratorio instalado en el maletero de su Chevrolet y la radio conectada a la emisora de la Policía, no había instantánea que se le escapara.
La noche era suya. Los sucesos y las celebridades sucumbieron a sus flashazos.
Cuando veo trabajar en Marruecos a Mourad Bourja, siento que tengo delante de mí al Weegee marroquí. Probablemente no pase a engrosar la nómina de grandes reporteros de la historia del fotoperiodismo, ni su técnica sea especialmente depurada, pero su habilidad y su trabajo hacen de él un verdadero fotógrafo de prensa al frente de la agencia AIC.
Gracias a él un nutrido grupo de corresponsales españoles llegamos muy a tiempo al cibercafé de Casablanca donde el kamikaze Abdelfatah Raydi se inmoló en la noche del 11 de marzo. Al estilo Weegee, había llegado casi a la vez que los agentes de policía y había obtenido imágenes de dudoso gusto y utilidad de los despojos del joven suicida.
Pero fue días después, cuando todo Marruecos estaba revolucionado con este nuevo vuelco en su seguridad cuando Mourad Bourja dio la campanada. En su archivo encontró una serie de fotos tomadas meses atrás en las que aparece el terrorista recién inmolado en el momento de salir de la cárcel gracias al indulto del rey Mohamed VI.

La imagen de Raydi blandiendo victorioso el Corán delante de la prisión dio la vuelta al mundo. Mucho más que su cuerpo descuartizado en medio de los ordenadores, que también triunfaron lo suyo en algunas portadas de diarios locales que apostaron por el periodismo más gore.
No creo que su cuenta de resultados haya notado ese triunfo periodístico, sobre todo si, como en el caso de ABC, se niega a cobrar por la cesión de su trabajo. El caso es que el reportero sigue al pie del cañón, dando la lata e incomodando a las autoridades que siguen viendo a regañadientes cómo hay gente que se les escabulle.
Por culpa de uno de esos encontronazos con un agente de la ¿ley? en esta mañana de martes Mourad Bourja está delante de un tribunal en Casablanca. Alguien parece que quiere tapar su objetivo.

Me hace gracia recordarlo corriendo de un lado para otro con su pinta de Sancho Panza, atendiendo sin parar decenas de llamadas a su teléfono móvil, con su chaleco de reportero sobre el traje y la corbata... Lo que no me hace ni pizca de gracia es que esté delante de una Justicia cada vez más obsesionada con el trabajo de los periodistas.