Cae la noche. Una cualquiera de la primavera de 2006. Un grupo de subsaharianos llega por la orilla del río Senegal. Varios periodistas esperamos para ser testigos de su partida hacia España a bordo de un cayuco. Se meten en el agua. Nosotros detrás de ellos. El lodazal apenas nos permite andar. Tomamos imágenes de la escena, que de inmediato empieza a olernos a chamusquina.
Los chavales parecían demasiado contentos y relajados. Su manera folclórica de despedirse de nosotros, la falta de tensión, el cachondeo general...
Habíamos sido trasladados al lugar por un par de mafiosos a los que debíamos pagar una cantidad de dinero por presenciar el comienzo de la aventura. Inmediatamente nos negamos a hacer efectivo el pago. El forcejeo fue largo y a punto estuvo de terminar en desgracia. En más de una ocasión lo hemos recordado con alivio.
Esta es la primera vez que me decido a abrir las fotos que hice aquella noche. Es un reportaje de mentira, algo que nunca podrá aparecer publicado en el periódico pero que en aquellos momentos de fragor informativo, con toda España ansiosa por saber cosas de la salida de estas barcas, hubiera sido una bomba en manos de algún reportero inconsciente y sin escrúpulos.



